A mi madre, por sus caminos.
En su adolescencia Amelia tenía un profesor de matemáticas
que explicaba muy bien.
Les enseñaba las fórmulas base y luego les mostraba una
posible manera de aplicarlas, a modo de recomendación.
Amelia atendía a las bases… las leía y las reflexionaba, las
estudiaba y cuestionaba hasta estar totalmente segura de haberlas comprendido.
Durante la explicación de cómo aplicarlas, desatendía adrede. Deliberadamente
pensaba en otra cosa o hacía dibujos en las hojas, en una especie de acto de
rebeldía interno, de juego privado que emprendía consigo.
Luego el profesor presentaba un ejercicio y debían
resolverlo.
Entonces ella se aventuraba al camino de descifrarlo con la
sensación de recorrer un laberinto, con la seguridad de contar con herramientas
eficaces pero con el sabor de incertidumbre en la boca del estómago.
A veces optaba por recursos complejos y solucionaba en tres
hojas de fórmulas y combinaciones lo que el profesor había mostrado que podía
solucionarse en media. Por momentos se estancaba en barriales aritméticos que
la agotaban. El profesor la observaba, y la dejaba hacer. Ella no había querido
escuchar ni recomendación ni sugerencia.
Él recibía las hojas silencioso, y se las devolvía con
asombro… la resolución era buena, inconcebible para su ley de economía, pero
buena.
Han pasado los años, y, algunos días, Amelia se descubre
otra vez desoyendo recomendaciones de método… otra vez empantanando recorridos.
Entonces se recuerda y se sonríe. Es que lo apasionante de resolver el
ejercicio ha sido, siempre, dilucidar sin recetas previas el camino.
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| Alejandra Lunik - Probeta |








